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jueves, 20 de diciembre de 2012

Privilegio y clasismo


(El presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial dice en una entrevista radiofónica que no le parece bien tener que viajar en “clase turista”)

Son dos problemas distintos. Me explico: Un problema es quien lo paga (privilegios) y otro en qué sitio y condiciones viaja (clasismo).

El primer asunto consiste en la frustración que sufre el jerarca porque, aunque puede pagar el mejor sillón de su bolsillo, quiere que se lo financiemos entre todos. Esto es un problema de privilegios sí, o privilegios no.

Pero el otro problema que plantea el pollo es que se lo merece  por “razón de la dignidad de su cargo”, es decir, por clasismo.

Realmente, si no hubiera vagones, billetes y precios distintos, no podría pedirlo, pero es que los hay. Los servicios públicos tienen clase pobre y clase rica porque la sociedad es clasista. Existe la convicción o el consenso de que no todos somos iguales a la hora de vivir más o menos bien. Esta idea, además, es compartida por el que diseña el vagón, quien lo explota, quien compra sus billetes y quien no protesta por la discriminación, “tácitamente asumida”, es decir, por todos.

Conclusión: Hay que pagarle lo que gaste en viajar por razón de su cargo, y hay que erradicar las “clases” sociales, ya que nadie, ni el más alto servidor del Estado, merece distinto trato que el más humilde de los gobernados.

Arbolcom.

miércoles, 20 de junio de 2012

Dios mío, átame a la silla, que me vuelco...

Para terminar uno de los conciertos más aburridos a los que he ido en mi vida, la Orquesta de Granada (o como se llame, el 19 de junio de 2012, a la atardecida) concluyó su deplorable repertorio (adecuado sin duda para un funeral) con una joya extraordinaria. Así, como el que no quiere la cosa, remataron la pésima faena con una polonesa de Schubert (la matriculada D580) en la que la solista Emilia Ferriz se esmeró en arrancar de su violín y de su alma la magia del encanto.
Por fin... ¡Música! Entre la belleza del lugar, la Quinta Alegre, y el equilibrio del cielo, y el esmero de la Orquesta, empastada, cohesionada, afinada, conjuntada, armonizada, y optimista, bajo un cielo “azul granada” aquello sonó a gloria.
Los aplausos del respetable hicieron repetir la pieza, y a la segunda, Emilia se encontró a gusto, sin nervios, dominando la situación, y sencillamente levitó... flotaba colgada de su instrumento, mientras el director le daba alas y los demás músicos le hacían la ola con partituras decimonónicas y eternas.
Jamás pensé que una orquestilla de segunda fila, o tercera, tuviera tantas dotes como para plantarle cara al museo de la estética pidiendo un hueco en la sala mayor de los músicos divinos. Y Emilia hacía lo que le daba la gana con la melodía. Schubert hubiera aplaudido sorprendido.
Con cuatro coplas más del mismo nivel, el concierto hubiera sido digno del Internacional de Música y Danza.
P.E: Escuchen “Franz Schubert - Polonaise B flat major, D 580, violin + orchestra” (en You Tube, claro)